domingo 11 de abril de 2021 - Edición Nº1165
Frente de Organizaciones en Lucha » Novedades » 20 dic 2020

La deuda es con el pueblo

¡A 19 años del Argentinazo seguimos luchando contra el ajuste!

Un recorrido por la historia del movimiento piquetero, por las puebladas en el interior y las históricas jornadas del 19 y 20 de diciembre. Pasan los gobiernos y continua la lucha contra el ajuste y la explotación.


El 19 y 20 de diciembre del 2001 fue un momento clave en la historia Argentina y en particular en la del movimiento piquetero. Fue la cristalización de una década de luchas en las calles por mejores condiciones de vida y una muestra del hartazgo del pueblo hacia las políticas neoliberales. La consigna “que se vayan todos” expresaba ese proceso y la enorme desconfianza que existía hacia los gobernantes y hacia las instituciones en general.

Durante los ‘90 se profundizó el saqueo iniciado en la dictadura de los ´70. Las medidas tomadas por Menem implicaron cambios estructurales que generaron una sociedad empobrecida y cada vez más desigual. Las privatizaciones de empresas estratégicas del Estado, la desindustrialización con la apertura de las importaciones, la descentralización de la salud y la educación que pasaron a manos de las provincias sin fondos para sostenerlas, el gran endeudamiento para mantener la paridad de un peso igual a un dólar, y las medidas de flexibilización laboral determinaron un combo explosivo, que contó con el aval de los sindicatos alineados al gobierno.

Las primeras puebladas encabezadas por sectores desocupados comienzan en 1996-97 en Cutral Có y Plaza Huincul, provincia de Neuquén y en Mosconi y Tartagal, provincia de Salta. La privatización de YPF había dejado en la calle a cientos de trabajadorxs que tomaron las rutas para reclamar por sus puestos de trabajo. Así nace una nueva identidad: los fogoneros que luego se transformarán en los piqueteros; con un nuevo formato de protesta: el corte de ruta; una nueva modalidad organizativa: la asamblea; y una demanda muy específica: el trabajo.

Desde el interior la lucha se expandió rápidamente a los barrios del conurbano bonaerense y otras ciudades importantes en distintas provincias. Allí se combinan sectores de la clase trabajadora precarizada o desocupada, desencantados de los sindicatos peronistas, con activistas y militantes que provenían de distintas experiencias. El reclamo por el acceso a la tierra y la vivienda, el trabajo genuino, y los alimentos se suman a los petitorios de las organizaciones. Las asambleas en el barrio, con una fuerte presencia de las mujeres que organizaban las ollas populares, comienzan a ser el eje organizador por estas zonas.  

La respuesta del Estado frente a estos reclamos variaron entre la represión y la implementación de los primeros planes sociales llamados jefes y jefas de hogar. Estos últimos despertaron un gran debate entre los movimientos respecto a si aceptarlos o no, debido a que por un lado eran una forma más de precarización que servía para mantener controlado, hasta cierto punto, el descontento social y la pobreza, pero por otro lado eran necesarios para mantener las condiciones mínimas de existencia para muchas familias.

Así se fue dando un entrecruzamiento entre las organizaciones para coordinar planes de lucha que iban desde cortes de ruta y calles, medidas de acción directa, acampes y ollas populares. Los movimientos crecían al ritmo del aumento descomunal de la desocupación y la pobreza. El fin del gobierno de Menem y el recambio con Fernando de la Rúa, trajeron una leve esperanza de mejoría, que se desvaneció al instante.

El nuevo presidente no pudo evitar el colapso, y sus ministros de Economía, José Luis Machinea y Ricardo López Murphy, profundizaron medidas como el aumento de impuestos y el recorte en sueldos y jubilaciones, ajustes en educación y postergación de pagos de sueldos. La enorme pérdida de reservas culminó con una medida drástica que marcaría a fuego a la sociedad argentina: el famoso corralito. Esto hizo que la clase media también salga a la calle a exigir la devolución de sus ahorros y en un hecho histórico dichos reclamos se combinaron con los de los sectores más empobrecidos bajo la consigna “piquete y cacerola, la lucha es una sola”.

Así en diciembre del 2001, la conflictividad social escaló rápidamente y se desencadenó la huelga general, se produjeron numerosos saqueos en supermercados y protestas espontaneas en muchas ciudades del interior del país y en el Gran Buenos Aires. De la Rúa decretó el estado de sitio la noche del 19 de diciembre y suspendió las garantías constitucionales, dejando paso a que las fuerzas represivas ataquen la manifestación popular.

A esas jornadas del 19 y 20 de diciembre se las conoce como Argentinazo, y a pesar de que significaron un momento de gran auge de la lucha con muchos aprendizajes para la clase trabajadora, no se logró la maduración suficiente como para plantear una salida de las y los trabajadores a dicha crisis.

Las fuerzas represivas dejaron un saldo de al menos 39 personas asesinadas en todo el país. De la Rúa tuvo que abandonar la Casa Rosada en un helicóptero y se abrió un proceso de crisis institucional que continuaría hasta el gobierno de Eduardo Duhalde. Este último se caracterizó por intentar recomponer el poder a través de la represión, tal situación tuvo su momento culmine en la Masacre de Avellaneda con el asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.

Esta es, a grandes rasgos, la historia del movimiento piquetero, una historia de resistencia y lucha contra el ajuste y el neoliberalismo. Un historia que a pesar de los cambios de gobiernos sigue construyendo poder popular en las calles y en las rutas, dando la batalla por el cambio social y por un mundo sin ricos ni pobres, sin explotadores ni explotados.

 

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