miércoles 30 de septiembre de 2020 - Edición Nº972
Frente de Organizaciones en Lucha » Regionales » 9 sep 2020

Desde adentro

Guernica: miles de vidas y una sola lucha

2500 familias pelean contra el desalojo y por un lugar donde vivir. Estas historias son sólo algunas de las tantas que confluyen en esta lucha por una vivienda digna.


Luego de idas y venidas, ayer la Cámara de La Plata dispuso el desalojo de uno de los asentamientos más grandes del país donde miles de personas resistieron casi dos meses en la intemperie, dejando en evidencia la histórica crisis habitacional que se vive en todo el país. Las 2500 familias se mantienen en vilo y en los proximos días movilizarán para seguir exigiendo que se garantice su derecho a acceder a una vivienda digna. 
 
Los medios masivos de comunicación apoyan el desalojo y difunden contenido estigmatizante, discriminatorio y violento, invisibilizando las diferentes historias de vida y las multiples necesidades que están viviendo las y los vecinos en la toma. 
 
Las siguientes son solo tres de esas historias, pero en ellas confluyen y se reflejan las vivencias de muchos y muchas más. 
 
 
 
"Filiana y Dalila se conocieron hace un mes y medio cuando ambas llegaron a Guernica en busca de un pedacito de tierra para vivir. Desde aquel momento se hicieron amigas. Aunque pueda parecer un tiempo breve para estrechar una lazo de amistad los días en la toma se viven intensamente: se comparte el calor humano de la solidaridad, pero también el frio helado de la noche; la olla que revuelven entre todas para llenar los estómagos de cientos de niños y niñas, y un mendrugo de pan que donaron en la esquina; la incertidumbre por el futuro y la certeza de que no hay otra posibilidad que sostenerse entre todxs.
En las primeras charlas que mantuvieron se dieron cuenta de que tenían muchas cosas en común. Filiana 32 años y una hija de 12. Dalila 36 y cuatro niñxs que alimentar. Ambas eran trabajadoras de casas particulares, una limpiaba y la otra cuidaba adultxs mayores. Ahora están desocupadas como producto de la pandemia, pero también por la imposibilidad de mantener una jornada de trabajo en casa ajena y a su vez sostener todas las tareas de cuidado en sus familias.
Esas historias que las unen y las hacen compañeras, son las historias de la clase trabajadora. Es la realidad de las millones de personas que tienen que elegir si la poca plata que ganan la destinan al alquiler o al almuerzo. Son las historias de las miles de familias que tienen que luchar por un pedazo de tierra para existir, y que en esa lucha se juegan la vida". 
 
 
"Victor recordaba que de la casa de Recoleta lo que más le gustaba era la cocina, había construido una isla con un horno enorme; De la quinta en San Fernando lo más hermoso era el patio, desde la puerta del quincho que había hecho se podía ver la pileta; y de la casa del country Abril recordaba la habitación con baño en suite que la había levantado en menos de un mes.
Él había construido con sus propias manos y esfuerzo todas esas casas para gente con plata. Había soportado días de calor intenso cargando bolsas de cemento, y días de frio penetrante pegando ladrillos. De todas ellas se llevaba algún recuerdo y fantaseaba con que algún día iba a poder dejar la casilla de 10x4 en la que vivía con su compañera Vilma y su hija Johana.
Vilma también trabajó limpiando muchas casas de ese estilo. Fregar el living de sus patrones le llevaba más tiempo que limpiar toda su vivienda, preparar la cena y colgar la ropa mojada.
Pese a que lxs dos trabajaban mucho, lo que juntaban a duras penas les alcanzaba para vivir el día a día. Además a los pocos días de decretarse el Aislamiento Social Obligatorio su jefe lo despidió, y como hacía poco que figuraba en blanco no pudo acceder al Ingreso Familiar de Emergencia porque le figuraba un trabajo que ya no tenía.
Sin un peso, la vida se hizo imposible, y por eso decidieron acercarse a ver qué pasaba en Guernica y se terminaron quedando, convencidxs de que era la única chance que tenían". 
 
 
"Ramón nunca se imaginó estar en el medio de la noche, bajo un torrencial, cavando una zanja junto a otras familias para que la carpa de sus vecinxs no se perdiera entre el barro y el agua. A sus 40 años, tampoco se imaginó ser delegado de una ocupación de tierras en la que 2500 familias pelean por sobrevivir.
Es gasista y siempre se las rebuscó para ganarse el pan para él y lxs suyos. Pero las cosas se fueron complicando y por más que trataba de trabajar un poco más cada día, la plata ya no les alcanzaba. Con la madre de sus hijos optaron por cenar mate cocido y dejarles la polenta a lxs chicos; Había arreglado con el dueño del departamento que ni bien le pagaran lo que le debían, le devolvería los tres meses de alquiler que adeudaba.
Pero llego la pandemia, los clientes se borraron y Ramón no pudo salir a reclamarle a nadie. Ni la ley antidesalojos, ni la cuarentena, ni que perdió las pocas changas que le quedaban, ni los chicxs, ni el hambre, ni “que ocho cuartos” dijo el propietario y los puso de patitas en la calle.
Así fue que llegó a Guernica, con una bolsa de ropa bajo el brazo y cuatro chicxs a cuestas. Ramón sabe que muchxs de sus vecinxs pasaron por lo mismo, y que por eso hay que ayudarse entre todxs para salir adelante. Por eso no le importa que las pocas mudas de ropa que tiene se le llenen de barro. Cava y cava bajo la lluvia para resistir un día más en la toma". 

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