jueves 01 de octubre de 2020 - Edición Nº973
Frente de Organizaciones en Lucha » Regionales » 22 may 2020

Testimonio de la villa 31

“No sufrí con el coronavirus pero si me estoy enfermando de los nervios” dijo Mónica, una de las primeras en contagiarse

Con idas y vueltas para darle los resultados y el alta, ya hace más de un mes que no puede salir a la calle. Maltrato, abandono, amenazas de los vecinos e incertidumbre son parte de la pesadilla que vivió.


Mónica se asoma por la ventana y le dan ganas de salir, pero tiene miedo. Su temor no es por el coronavirus ya que ella fue una de las primeras contagiadas de la Villa 31. Lo que la frena son las amenazas de sus vecinos y la posibilidad de ir presa si pone un pie en la calle debido a que todavía no le dieron el alta. Abajo, en la vereda, ve a su vecina del almacén que la culpa a ella porque hace días que no tiene clientela, y cada tanto le suelta algún insulto o amenaza.

“No sufrí con el coronavirus pero si me estoy enfermando de los nervios, porque ya va a ser un mes que no me dan el alta. Pero del hospital nadie me llama y se tiran la pelota entre ellos. Ya me está haciendo mal, me pone nerviosa, necesito salir, trabajo en un comedor y necesito ayudar a otra gente” dice Mónica, delegada del Frente de Organizaciones en lucha.  

El 20 de abril acudió al Centro de Salud del barrio porque su amiga, con la que había ido hasta el cajero, había dado positivo en el estudio de Covid 19. Ante la noticia se preocupó y decidió hacerse el testeo y fue trasladada al hospital Rivadavia, pero sin siquiera tener el resultado se dieron a conocer los datos de su casa, su número de teléfono y su nombre y apellido.

“A consecuencia de eso yo tuve mucha discriminación, muchas llamadas, mensajes para putearme, maldecirme y amenazarme. A raíz de eso hice la denuncia en la Defensoría del Pueblo hacia el Ministerio de Salud, y estoy esperando la respuesta”.

El alto grado de exposición tuvo consecuencias inmediatas contra su integridad y la de su familia. Desde el hospital Mónica paso unas horas terribles sin saber qué hacer para resguardar a los suyos. Las y los vecinos incitados por los mensajes constantes de los medios de comunicación, que difunden la lógica del terror y la denuncia ante casos sospechosos, reaccionaron de la peor manera y la culpabilizaron por haberse contagiado, amenazando con prenderle fuego la casa. 

Luego de eso, sin siquiera darle los resultado ni explicarle nada, la llevaron a un hotel donde le hicieron firmar la declaración jurada por la cual quedaba asentado que no podía salir a ningún lado, y que de hacerlo corría riesgo de ir presa hasta por 20 años.

“Fue una locura total, a mí me agarro terror, fue una pesadilla” recuerda y luego continua “te llevan y te encierran en un cuarto, de ahí está prohibido salir (…) la comida te la dejan en la puerta y vos no ves a nadie. Yo estuve 17 días, un montonazo. En ese tiempo, mi familia también estuvo con aislamiento obligatorio acá en la casa”.

Mónica más que sentirse cuidada se sentía presa. Le habían dicho que luego de hacerse el hisopado podría volver a su casa para esperar los resultados y en todo caso prepararse para el aislamiento. Pero no fue así, no hubo explicaciones, no hubo tiempo de buscar ropa, ni el cargador del celular, ni despedirse de sus hijos. El más chico, tuvo que ser destetado de repente, sin ningún tiempo procesual y amoroso. Mientras a algunas personas las mandan a su casa a los 7 días, en el caso de Mónica, las cosas no fueron claras desde un principio.

“Yo tuve que llamar a la doctora porque no me daban los resultados y me dice ¿no te llamaron? Porque te dio positivo, por eso estas acá. Pero no es así, ellos me tenían que llamar y decirme. Pasaron 14 días y me dijeron que el Ministerio de Salud había cambiado el protocolo, entonces me tuvieron 17 días. Supuestamente me tenían que hacer el hisopado para volver a casa. Después cambiaron de nuevo y a los que cumplían 7 días les decían que se vayan a su casa y que volvieran a los 21 días a controlarse”

Entre las idas y vueltas, pasaban las semanas y tampoco había nadie del gobierno que diera una solución a su familia para poder pasar el aislamiento en su casa. La Secretaría de Integracion Social y Urbana es la responsable de la administracion de cientos de millones de dólares para urbanizar la villa desde hace 4 años y la principal responsable del brote de coronavirus que afecta al barrio. Desde la secretaria y el gobierno de la Ciudad solo les llevaron de una caja de mercadería que no alcanzaba ni par una semana, y en la misma tampoco había pañales, ni leche. Fueron sus compañeras del Frente de Organizaciones en Lucha quienes se ocuparon de que su marido y sus tres hijos pudieran comer todo ese tiempo y se acercaron para ver qué necesitaban.

A su vez, Mónica lleva un largo tiempo reclamando para hacer la mudanza a la nueva vivienda que le asignaron. Ella vive en el sector que está debajo de la autopista y su actual casa es muy pequeña para que 5 personas estén encerradas durante tanto tiempo. Tuvo suerte de no sufrir el corte de agua, pero los cortes de luz son una constante desde hace años y se ha cansado de exigir una solución. Tantas veces marcó el número de la línea de reclamos que ya la han bloqueado sin resolver el problema.

                                                                                                                                       

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Como delegada de su asamblea, estuvo participando de las tareas de cocina hasta que se contagió. Durante la mañana y la tarde cocinaban para darles un plato de comida tanto a sus compañeras como a la gente del barrio.

“Extraño volver al comedor. Estoy loca, loca, me estoy enfermando de los nervios, necesito salir de acá y ayudar a la gente. Todos nos agradecen porque tienen un plato de comida al día, y eso te llega… Yo lo que le estaba diciendo a mis compañeras es de hacer algo el fin de semana porque los comedores abren de lunes a viernes, y sábado y domingo ¿qué haces? La mayoría quiere descasar y está bien, pero la gente tiene derecho a comer también.”

Mónica conocía al FOL desde hace tiempo, porque su mamá participaba del espacio, pero ella se unió hace dos años. Al principio lo miraba desde afuera y con desconfianza. Muy influenciada por lo que dicen los medios, no le agradaba que su madre fuera a cortar calles y a “hacer quilombo”. Mientras tanto ella se ocupaba de su familia, estudiaba enfermería y trabajaba en un geriátrico. Pero de golpe el lugar cerró y ella se quedó en la calle, sin poder continuar sus estudios, con un bebe recién nacido y sin otra salida, decidió unirse al FOL.

“Lo empecé a ver de otra forma. Lo que más me impactó fue la fuerza de compañeras grandes y cómo luchaban ellas. Me explicaron cómo se organizaban y ahí si les di la razón, como decía mi abuela ‘el que no llora no mama’, así que estoy acá luchando por la igualdad y por los derechos humanos… que seamos pobres no quiere decir que no tengamos derechos. Te ayuda bastante estar en una organización porque además de lo económico, te ayuda a expresarte y a conocer tus derechos. Nosotras no solo somos una organización, sino que somos una gran familia. Yo me siento así, mis compañeras me quieren mucho y yo a ellas, porque cualquier cosa que necesitemos siempre estamos ahí”.

Los proyectos para cuando todo vuelva a la “normalidad” son muchos. Antes de que se declare la cuarentena estaban a punto de inaugurar un jardín popular, ya tenían inscriptos a más de 30 chicos y chicas, y estaba muy entusiasmadas. El jardín es un gran alivio para muchas madres solteras que no tienen con quien dejar a sus hijos cuando se van a trabajar.

Por lo pronto, Mónica volverá al comedor este sábado, cansada de esperar el alta y luego de llamar varias veces al hospital, decidió correr el riesgo y estar donde más se la necesita: junto a sus compañeras y ayudando a sus vecinos.

 

 

 

 

 

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